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Fundamentos
Fundamentos
Europa es hija directa de la Edad Media. Mucho antes, hace dos mil años, sobre un mosacico de pueblos indígenas hubo un primer intento unificador bajo el imperio romano, pero esta unificación se hizo por las armas –al fin y al cabo era un imperio- y la mitad del territorio de Europa, el norte bárbaro, quedaba ostensiblemente fuera de ese mundo de cultura latina que miraba hacia la cuenca del Mediterráneo. Tras la desaparición del poder romano en el S. V, con las primeras invasiones (godos, sajones, francos, alamanes, suevos logonbardos, etc.) surgen una serie de reinos inestables, de límites difusos y cambiantes, cuyas estructuras de gobierno vienen definidas sobre todo por el poder local de los señores de la guerra, unos reinos que de nuevo sucumbieron en gran parte por el acoso de os segundos invasores llegados en el siglo VIII: árabes, magiares y nomándos.
Durante esta segunda mitad del primer milenio –como sucede en nuestros días- Europa parece una tierra de destino, donde los pueblos que llegan se van acomodando a las culturas preexistentes, incorporando a la vez una serie de aportaciones que van confiriendo a cada país –entendidos estos en un sentido geográfico más que administrativo- unas cualidades personales. Sin embargo, tras esta segunda crisis, Europa empieza a adquirir cierta conciencia de identidad, al sentirse por un lado heredera de la gran cultura clásica y por otro al considerarse bajo el sólido amparo de una religión que dará nombre a esta idea de terrtorio cultural común: la Cristiandad. Al este se encuentra un territorrio salvaje, al oeste un mar impenetrable y al sur el poderoso y enemigo imperio musulmán, por lo que los distintos reinos europeos empiezan a considerar la idea de que comparten unos rasgos culturales comunes y una misma tradición histórica y que, por tanto, pertenecen a una causa común. Aun así los territorios siguen muy fragmentados y las luchas son continuas –lo que por otro lado es una constante en la historia europea-, pero son unos enfrentamientos dictados más por ambiciones personales de los poderosos que por un sentimiento de individualismo de carácter nacionalista. Esta idea de unidad es la que plantea ya desde finales del siglo VIII Carlomagno, con su idea de imperio, un imperio que después se asumirá fundamentalmente desde Alemania –incluso en el siglo XIII un rey castellano optó a esta corona- y que, bajo el nombre de Sacro Imperio Romano Germánico, quiso aglutinar la idea de unidad política (imperio), comunidad cultural –de carácter religioso (sacro), claro está- y doble herencia que funde la tradición clásica romana del sur con la aportación de los pueblos germánicos del norte. Es la misma conciencia de comunidad que promueven las grandes peregrinaciones, sobre todo a Santiago de Compostela, trazando una red de camino Iinternacionales que desde Inglaterra, Polonia, Alemania o Italia, convergían en Francia para alcanzar los Finisterres atlánticos.
El desmembramiento del poder carolingio no eliminí sin embargo los logros culturales y la ambición “paneuropea” de ese momento. La idea imperial como hemos dicho se mantuvo y el papel de aglutinador cultutral del cristianismo incluso se reforzó. Es el momento de la gran expansión de los benedictinos y de la formación de otro imperio, el monástico de Cluny; es igualmente el momento de la unificación de la liturgia y de la generalización de un modo de escribir que se había creado en la Corte de Carlomagno.
En el comienzo del segundo mileno se empiezan a sentar las bases de otro gran cambio. La cultura escrita poco a poco se va consolidando, con el latín como gran lengua común, aunque empiezan a perfilarse las lenguas romances. Los reinos europeos no se sienten amenazados desde el exterior pues incluso el gran poder de los musulmanes comienza a declinar y su dominio del Mediterráneo se ve disputado por otros reinos y ciudades. Las peregrinaciones se ven reforzadas a causa de la mayor estabilidad de los distintos territorios, las grandes dinastías reales tratan de establecer alianzas y matrimonios que emparentan a la mayor parte de las monarquías europeas, diversos reinos suman esfuerzos para una empresa que se juzga común, las Cruzadas, y empieza a despegar un comercio hasta entonces aletargado. Todo esto, unido al desarrollo tecnológico y a una coyuntura climática favorable, incidirá en el gran desarrollo de la agricultura; el auge de ésta favorece un crecimiento notable de la población y todo en conjunto posibilita el desarrollo del arte bajo una nueva estética que quiere imitar, como en los demás aspectos de la vida, el ideal del mundo antiguo, en el que todos esos reinos ven su referente de pasado más espléndoroso. Este arte es el románico.
Desde las cálidas orillas del Mediterráneo hasta las heladas riberas del Báltico y del mar del Norte los siglos XI y XII conocerán una gran eclosión artística que participa de unos principios comunes y que a la vez sabe incorporar matices regionales vinculados a la tradición local. Así, en el norte y noroeste los edificios – que en muchos casos emplean como exclusivo material la madera-, usan decoraciones que enlazan con el padado vikingo y celta; en Italia, con el empleo de mármoles, mosaicos y grandes columnatas, parece intuirse un nuevo renacer del mundo romano; en el sureste, de influencia bizantina, se hallan muy presentes los aires orientalizantes; en centroeuropa se desarrolla imparable la monumentalidad y magneficencia de los sobrios antecedentes otonianos y carolingios y en los reinos de la Península Ibérica se adoptan formas y materiales llegados desde el sur musulmán que crean un curioso localismo de románico en ladrillo, decorado a veces con yesos, que conocemos como arte múdejar.
El nacimiento de esta época queda bien reflejado en las palabras de Raúl Glaber, un monje que desde el gran monasterio de Cluny escribe en su Crónica en los albores del siglo XI: “era como si la propia tierra, sacudiéndose y librándose de la vejez, se revistiera toda entera de un blanco manto de iglesias”. Y verdaderamente eran nuevos tiempos. Es ahora cuando se conforman las lenguas que hablamos, cuando surgen la mayor parte de las poblaciones, cuando se crean las formas de educación y se perfilan las costumbres que hemos heredado, e incluso cuando hasta nuestros mismos nombres y apellidos adquieren su uso. Es el tiempo en que verdaderamente surgen los distintos pueblos de Europa, pero dónde a la vez este concepto de ámbito cultural común se consolida. Las viejas influencias vikingas se reparten por los lejanos reinos que irán formando estos incansables navegantes en Normandía y en Sicilia; las órdenes militares –de inspiración transfronteriza, como las monásticas- crean una verdadera red de influencia política y de transmisión cultural, implicando a los países de Oriente Medio; igualmente, las alianzas matrimoniales de las grandes monarquías desplazan a grandes séquitos que acaban por divulgar sus propias costumbres en otros reinos. Incluso unas tierras tan apartadas y ensimismadas en sus viejos problemas como son las de la Península Ibérica, sienten esta permeabilidad, así, a la vez que los condados aragoneses o catalanes entran en la órbita franca, a la vez que las grandes ciudades castellanas son repobladas por Raimundo de Borgoña, o que muchos francos se establecen en los distintos reinos al sur de los Pirineos, también se extiende con gran fuerza por Europa el culto a Santiago y monarcas castellanos como Fernando I o Alfonso VI sostendrán, casi en exclusiva, el mantenimiento de los monjes de Cluny y la construcción del gran monasterio conocido como Cluny III.
Esta vieja construcción de Europa, no difiere tanto de la que se está realizando en nuestros días. Han cambiado las concepciones sociales y las bases ideológicas fundamentadas en la religión, pero permanece la idea de espacio cultural común y la necesidad de acercamiento entre iguales, sobrevive asimismo la idea de la diversidad pero bajo el reconocimiento de una historia y unas raíces compartidas que deben consolidarse. El arte Románico fue la plasmación artística de todo aquel proceso, fue el primer arte verdaderamente europeo y sobre sus raíces se ha ido edificando la Europa de los siglos posteriores. Es por tanto, casi una obligación moral que todos los europeos conozcamos que hubo detrás de todos estos viejos edificios que salpican nuestro paisaje y cuál es su larga herencia. (Jaime Nuño. Director del Centro de Estudios del Románico -Fundación Santa María La Real-, Boletín nº 2 de “País Románico”, Diciembre de 2004).



